jueves, 23 de septiembre de 2010

El nacimiento de un paradigma

Un grupo de científicos encerró a 5 monos en una jaula, en cuyo centro colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de plátanos.

Cuando uno de los monos subía por la escalera para tomar los plátanos, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que se quedaban en el suelo.

Pasado algún tiempo, los monos aprendieron la relación entre la escalera y el agua, de modo que cuando un mono iba a subir la escalera, los otros monos lo golpeaban.

Después de haberse repetido varias veces la experiencia, ningún mono osaba subir la escalera, a pesar de la tentación de los plátanos. Entonces los científicos sustituyeron a uno de los monos por otro nuevo.

Lo primero que hizo el mono novato al ver los plátanos fue intentar subir la escalera. Los otros monos rápidamente lo bajaron y le pegaron antes de que saliera el agua fría sobre ellos. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo nunca más subió por la escalera.

Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo con el que entró en su lugar. El primer sustituido participó con especial entusiasmo en la paliza de nuevo. Un tercero fue cambiado y se repitió el suceso. El cuarto, y finalmente el quinto de los monos originales fueron sustituidos también por otros nuevos.

Los científicos se quedaron con un grupo de cinco monos que, a pesar de no haber recibido nunca una ducha de agua fría, continuaban golpeando a aquél que intentaba llegar hasta los plátanos.
Si fuera posible preguntar a alguno de ellos por qué pegaban con tanto ímpetu al que subía por los plátanos, con certeza la respuesta sería:

"No lo sé, aquí las cosas siempre se han hecho así..."

martes, 21 de septiembre de 2010

Tu ángel

Cuenta una antigua leyenda que una niña antes de nacer le dijo a Dios:


- Me dicen que me vas a enviar a la tierra, ¿cómo viviré tan pequeña e indefensa que soy en un mundo tan horrible como ese?

Dios le dijo:

- Entre muchos ángeles, escogí uno para ti, que ya te está esperando y te cuidará.

- ¿Y cómo entender, Dios, lo que la gente me hable, si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?



Dios le contestó a la niña:

- Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar. Con mucha paciencia y cariño te enseñará a hablar.

- Pero dime Dios, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz. Allá sufren mucho y estaré triste porque no te veré más.

- Aunque yo siempre estaré contigo, tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz; te dará aliento en los días más difíciles, su buen ejemplo hará que hagas de ese mundo horrible, un mundo mejor.

En ese instante una gran paz reinaba en el cielo, ya se oían voces terrestres y la niña presurosa repetía suavemente:

- Dios mío, Dios mío, ya me voy, dime su nombre, ¿cómo se llama mi ángel?

Dios le contestó:

- Su nombre no importa, tu le dirás... mamá...





domingo, 1 de agosto de 2010

domingo, 11 de abril de 2010

Chiste: No juegues en la tierra

Le dice una mamá a su hijo que estaba jugando en el jardín:

- ¡Hijo, no juegues en la tierra, caramba!

Y el niño se fue a jugar a la luna.

Chiste: Señor peludo

Iba un señor muy peludo al doctor y le dice:

- Doctor, esto no es normal, estoy demasiado peludo, ¿qué padezco?

Le responde el doctor:

- Padece usted osito.

domingo, 15 de noviembre de 2009

El cielo y el infierno

Un hombre, su caballo y su perro iban por la carretera. Cuando pasaban cerca de un árbol enorme cayó un rayo y los tres murieron fulminados.

El hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo y prosiguió su camino con los dos animales (a veces los muertos andan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición).

La carretera era muy larga y, colina arriba, el sol era muy intenso y ellos estaban sudados y sedientos.

En una curva del camino vieron un magnífico portal de mármol que conducía a una plaza pavimentada con adoquenes de oro.

El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada y entabló con él el siguiente diálogo:

- Buenos días.
- Buenos días - respondió el guardían.
- ¿Cómo se llama este lugar tan bonito?
- Esto es el cielo.
- ¡Qué bien que hayamos llegado al cielo, porque estamos sedientos!
- Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera - y el guardián señaló la fuente.
- Pero mi caballo y mi perro también tienen sed.
- Lo siento mucho - dijo el guardián - pero aquí no se permite la entrada de animales, es lugar sagrado.

El hombre se levantó con mucho disgusto pues tenía mucha sed pero no pensaba beber solo. Agradeció al guardián pero siguió adelante.

Después de caminar un buen rato cuesta arriba, ya exhaustos los tres, llegaron a otro sitio cuya entrada estaba marcada por una puerta vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles.

A la sombra de uno de los árboles había un hombre sentado.

- Buenos días - dijo el caminante.
- El hombre respondió con un gesto de la cabeza.
- Tenemos mucha sed mi caballo, mi perro y yo.
- Hay una fuente entre aquellas rocas - dijo el hombre, señalando el lugar - puede beber toda el agua como gusten.

El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed. El caminante volvió atrás para dar gracias al hombre.

- Puede volver siempre que desee - le respondió éste.
- A propósito, ¿cómo se llama este lugar? - preguntó el hombre.
- Es el cielo.
- ¿El cielo?, ¡pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que aquello era el cielo!
- Aquello no era el cielo, era el infierno - contestó el guardián.
- El caminante quedó perplejo.
- ¡Deberían prohibir que utilicen nuestro nombre!, esta información falsa debe provocar grandes confusiones - advirtió el caminante.
- De ninguna manera - increpó el hombre - en realidad nos hacen un gran favor, porque ahí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos...

Autor: Paulo Cohelo

sábado, 26 de septiembre de 2009

El valor


Vengo maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada, nadie me quiere.


¿Cómo puedo mejorar?, ¿qué puedo hacer para que me valoren más?.


El maestro le dijo:


-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema.


Quizá después…


-Y haciendo una pausa agregó:


-Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y tal vez después pueda ayudar.


-E… encantado maestro -titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.


-Bien -asintió el maestro.


Se quitó un anillo que llevaba puesto en el dedo pequeño de la mano izquierda y se lo dio al muchacho, agregó:


-Toma el caballo que está ahí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa lo más rápido que puedas.


El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes.


Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.


Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara, hasta que un viejito se tomó la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Después de ofrecer el anillo a todo el que se cruzaba en su camino, y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.


Entró a la habitación, donde estaba el maestro, y le dijo:


-Maestro, lo siento pero no es posible conseguir lo que me pediste. Quizá pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que pueda engañar a nadie respecto al verdadero valor del anillo.


-Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro


-Debemos primero saber el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo?. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él.


No importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.


Llegó a la joyería, el joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó, y luego dijo:


-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.


-58 monedas?! - exclamó el joven.


-Sí -replicó el joyero


-Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente…


El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.


-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo.


-Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida
pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?


Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.